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Así nos engañan los políticos

¿Son nuestros políticos verdaderos representantes populares? ¿Son elegidos de entre el pueblo y por el pueblo para regir los asuntos públicos en pro del bien común? En teoría sí. Pero luego, en la práctica, sabemos que no es exactamente así. En su mayoría los políticos y los que anhelan serlo, son individuos filtrados por los aparatos de los partidos y que se organizan para disfrutar del poder en beneficio propio.

Cualquiera que sea su bando alcanzan su objetivo a través de las artes interpretativas, y aunque algunos no sean demasiado buenos actores, te los encontrarás en los teatros donde se decide gran parte de nuestras vidas: ayuntamientos, consejos comarcales, diputaciones, parlamentos autonómicos y, por supuesto, en el Gran Teatro en el que se representa la obra principal: el Congreso de los Diputados.

El reconocimiento, el aplauso y la afinidad del público son tan importantes para ellos como para los actores, de modo que, para conseguirlos, tienen que elegir bien los papeles y cuidar con esmero la puesta en escena.

Juegan con nuestras pasiones, manipulan nuestros sentimientos, nos convierten en sus complices. Veamos en 13 puntos cómo lo hacen, cuáles son los “trucos secretos” de los que se valen para su puesta en escena.

1. Ataques personales.Un político expone una idea, y su oponente le lanza un ataque directo: “Yo no sé si don Fulano de Tal es el más indicado para cuidar de nuestro dinero, pues no son ningún secreto sus problemas con…”.

2. Ironía.Arrancar una sonrisa fácil suele dar buen resultado. “Hombre, no es usted el más indicado precisamente para darnos lecciones de unidad…”

3. El prestigio de los grandes títulos.Si alguien dice que votar a la derecha produce cáncer, pocos se inquietarán por tal majadería. Pero si lo dice el profesor X de la Universidad de Harvard, a más de uno le quitará el sueño. Expertos y títulos imponen mucho a los españoles.

4. La mayoría lo hace así…Referirse a la mayoría hace más fácil atraer a la masa: “En Estados Unidos lo hacen así. ¿Vamos nosotros a ser menos?”

5. Información parcial.Los profesionales de la política son verdaderos especialistas en sacar datos fuera de contexto, en manipular la realidad y amoldarla a sus intereses.“En el referéndum de 2005 un 76% de españoles votó a favor de la Constitución Europea.” Sólo un 43% fue a votar aquel día, lo que no impidió que una gran derrota fuera disfrazada de victoria aplastante: el 17,24% votó en contra, el 57% de electores no fueron a votar y el 6% votó en blanco: la suma de éstos superó en mucho a los partidarios del Sí.

6. Perversión del lenguaje.Son verdaderos alquimistas de la palabra, expertos en manipular sentimientos a través del lenguaje. Pueden convertir antónimos en sinónimos: “Terrorista” puede transformarse en “resistente”, en “soldado del ejército de liberación”, dependiendo de si conviene o no que quien promueve el terror sea catalogad de una forma u otra.

7. Promesas difusas.Quizás el truco más común entre los políticos consista en lanzar promesas difusas. “Somos la solución”, proclamarán sin rechistar una y otra vez. ¿Cuál solución? ¿Dónde está? ¿Cuál es? Pregúnteselo usted mismo la próxima vez.

8. Nosotros-contra-ellos.Crear un enemigo común e identificarse con el público: Ellos son los malos y nosotros los buenos, (En esto, los de la rosa y los doberman son verdaderos expertos.)

9. La obviedad, los “por-supuesto” .Cuando parece que no queda ningún argumento, siempre hay uno al que se puede recurrir: “Como lo sabe todo el mundo, no hay nadie que opine lo contrario…” (Es entonces cuando usted se convierte en don nadie.)

10. Las opiniones disfrazadas de verdades absolutas.Uno formula una opinión y la presenta de manera tan obvia que cuestionar esta verdad absoluta te hace parecer un pardillo: “El aborto es un derecho que tiene la mujer y esto no es cuestionable: es su cuerpo y es su vida” (Da igual si hay o no vida allí dentro.)

11. La pregunta retórica.“¿Vamos a permitir que nuestros jóvenes caigan en la droga? ¿Vamos a dejar que nuestros mayores se mueran de hambre?” La respuesta a una pregunta retórica hace que el espectador reaccione e interactúe identificándose con el emisor del mensaje.

12. La desautorización y el argumento no válido.Es muy fácil decir que el argumento del oponente no tiene validez: basta con decir que no tiene nada que ver con lo que se está tratando. Esto suele coger desprevenido al oponente, que si no es de verbo ágil o no domina el tema a la perfección, se mostrará dubitativo, mostrará inseguridad y hará que su argumento quede vacío, mientras su contrario le ganará la partida.

13. Argumento condicional.Cuando el que habla muestra evidencias tan claras que es imposible negarlas, el político experto ahoga el argumento válido, aceptándolo, pero condicionándolo: “Tiene usted razón, pero ahora mismo no toca: hay otras prioridades”.

Hay más, pero éstas son las tretas más usuales en política: las que usan unos y otros independientemente del color con que se disfracen o el país en el que se encuentren. La próxima vez que se encuentre ante un manipulador profesional y se preste usted a formar parte de la farsa, ya no podrá decir que le ha cogido desprevenido.

J. GÓMEZ-MONTERO

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El nuevo ministro de Educación borra su pasado como sacerdote

Palabra que cuando yo hablaba del padre Gabilondo (el periodista de PRISA, Iñaki) y de su parecido con los sermones dominicales, parecido muy resaltado desde que lidera el telediario estrella del canal Cuatro, desconocía que Iñaki no había cantado misa pero, según me informa un lector de Hispanidad, sí había llegado a novicio -seminario de Alsasua- en la congregación de los Hermanos del Sagrado Corazón. Debió ser un curioso seminario, porque Alsasua constituye hoy uno de los feudos de los proetarras navarros.

Pero aún me he quedado más de piedra al saber que su hermano, el nuevo ministro de Educación, Ángel Gabilondo, sí tomó los hábitos y ejerció su magisterio durante una década, como sacerdote de la misma congregación. Lo explica muy bien el periodista asturiano Javier Neira, en La Nueva España, y nos cuenta que el hoy gran defensor de Educación para la Ciudadanía escribió obra tales como “Mes del Corazón del Cristo: 30 celebraciones de la palabra” o “Enséñanos a amar. Catecismo del Sagrado Corazón”.

La izquierda siempre dijo que no hay nada más tonto que un obrero de derechas, la evolución de los tiempos hacia el progresismo, obligó a modificar el aforismo: sí, todavía hay algo más tonto que un obrero de derechas: un varón feminista. Pero, dada la evolución del Progresismo -recuerden que el futuro ya no es lo que era- habrá que concluir que todavía hay algo más tonto que un varón feminista: un cura progresista.

Quizás para evitar tamaña comparación, el ministro Gabilondo ha decidido censurar Wikipedia, donde aparecía su pasado clerical y su autoría.

Todos sabíamos que Wikipedia es una estructura progre y censurable, donde se practican los borrados de historia, como en el universo orwelliano de 1984. Pero llegados a este punto, a lo que mejor hay que reinventar Wikipedia.

No podemos privara a nuestros jóvenes de un catecismo elaborado por un ministro de Educación. Además, si lo recuperamos, podrá impartirse en los colegios, dentro de Educación para la Ciudadanía (EpC) o de Ciencias para el Mundo Contemporáneo (CMC). Sobre todo, cuando llevamos años ofreciéndoles el anticlericalismo universitario del padre Gabilondo y el periodismo cristófobo del novicio Gabilondo.

Eulogio López

Hispanidad.

Los amos del mundo

Reproducimos este artículo de Arturo Pérez-Reverte, aparecido en "El Semanal" el 15 de noviembre de 1998. Se trata de un artículo que, publicado hace pues la friolera de más de diez años, cuando nada parecía augurar la actual crisis, resulta hoy más actual que nunca. Parece escrito no sólo por un genio del periodismo, sino por un profeta. El artículo, que ha dado ampliamente la vuelta a través de Internet, merece sin lugar a dudas que nuestros lectores y amigos lo den a conocer, a su vez, lo más profusamente posible.

ARTURO PÉREZ-REVERTE

Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla antro del computador, su futuro y el de sus hijos.

Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.

Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden.

No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.

Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia.

Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.
Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.

Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad.

Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.

Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros.

Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda. Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.

Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.

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Niñato pijo europeo busca negros que salvar.

EDUARDO ARQUES
Juan huyó de Madrid en busca de paraísos comunistas. Madrid lo ahogaba ya a sus veinticuatro años, aunque gozando de la independencia y la comodidad que otorga el saberse solo en su casita, levantada en el jardín de la propiedad de su mamá en Moncloa, sabiendo que la chacha ecuatoriana siempre tendrá un plato de caliente preparado para el señorito, la ropita bien lavada y bien planchada, la nevera siempre llena, las camas siempre hechas… sabiendo. Sin embargo, tal vida aburguesada y reaccionaria —yo diría parasitaria, término más apropiado a su condición, aunque los primeros dos adjetivos buscan retratar al personaje mediante el léxico utilizado por él mismo para referirse a sus enemigos más acérrimos— terminó por causarle un malestar emocional evidente en su rostro afilado. Así que le pidió a papá matricularlo en la Universidad de Ciudad del Cabo para estudiar lo que se denomina “Estudios Africanos”.


Juan buscaba desatarse de las cadenas burguesas que lo retenían en aquella vida parasitaria, buscaba conocer los orígenes del Comunismo como doctrina, para lo cual se fue a las antípodas ideológicas. (África, por desgracia, ha sufrido el azote comunista y capitalista como ningún otro. Lo del azote se puede entender connotativa y denotativamente. Sin embargo, poco o nada obedece su alma a las dos manifestaciones políticas citadas, hijas del judeocristianismo.)

Juan vestía a lo Cantinflas para integrarse entre los nuevos y jóvenes negros que idolatran a raperos encadenados al oro que relucen sus cuellos, a sus ropas de marca, a su macarrismo intrínseco y misógino, ¡él, que era más feminista que las feministas!

Llegó un día de febrero, aún verano en Ciudad del Cabo, la Ciudad Madre, la cual alumbró el desembarco de todos los ángeles y los demonios que plantaron los europeos bajo su bendito suelo, poco antes del delirio de Colón. Llegó con su ordenador portátil, recién comprado por su madre para que su hijito trabajase en condiciones adecuadas, y una tarjeta de crédito sufragada por su padre.

A Juan le daban pena los negritos de la calle, quería simpatizar con brothers & sisters, sin darse cuenta de que no era más que un lechuguino de pudiente familia de capital europea. Todos los blancos de la universidad le asqueaban, y a veces con razón, con su ropita de marca, sus gorritas, sus niquis coloridos de rayas, con los cuellos levantados, a lo hooligan, todo tan artificial, tan pretendido. “Los modernitos éstos de los cojones”, solía decir, obviando que él era uno de ellos, aunque acantiflado.

Quería ser negro, que es algo que mola mazo, como dicen los nuevos idiotas de la España del siglo XXI. Quería tener amigos negros, vacilar al ritmo del sonido de los townships de Johannesburgo, “arrimar la cebolleta”, como bien señalaba, a los traseros prominentes que se agitaban convulsionados. Eso sí, un negro con tarjeta de crédito, sin límite, pagada por papá, no un pordiosero de Guguletu, Nyanga o Khayelitsha. Así sí que mola.

Juan se paraba ante todo aquel que le pedía algo, desde un cigarrillo a unos Rands. Entonces se ponía a sudar, se rascaba la cabeza, sonreía como una torrija, soltaba un par de monedas y se iba contento. Su orgullo sindical satisfecho, su cabeza llena de ideas sobre justicia social, repartición de bienes, expropiación del capital blanco local; su bolsillo lleno de dinero de plástico, sus ropas caras y modernas, un hijo de la sociedad del bienestar y consumo, de la burbuja de la que nada sabe, nada quiere saber, pero que algún día habrá de explotar, dejando al personal nudo y tiritando.

Juan sufrió dos atracos a punta de navaja durante el tiempo que por allí estuvo, hecho que lo desestabilizó por completo. ¡Él, amigo de los negros! ¡Él, que sufría por los desfavorecidos! (decir “con” hubiera sido excesivo). ¡Él, que leía a Trotsky! (y, de hecho, cierto aire pretendido le tenía) ¡Él, que pertenecía a la Cuarta Internacional!... Madrid se convirtió en su meta deseada, volver a la burbuja de chacha y casita en el jardín de mamá en Moncloa, con sus porritos, sus amiguitos, su oposición, quizá conseguir plaza de funcionario de alto estandin... No le quedó más remedio que tragar con su capricho y aguantar en el Cabo hasta que Madrid se hiciera por fin presente. A la vuelta, adoctrinaría a sus camaradas, emocionaría a más de una aduladora con sus discursos panafricomunistas, aleccionaría al ignorante con sus conocimientos adquiridos en esa cosa exótica para el españolito (y europeíto) de a pie que llaman África.

“¡No puedo tomarme un whisky aquí, en este sitio de pijos, mientras hay tanto tirao por ahí!”, me dijo un día en cierto bar de Ciudad del Cabo, mientras en Madrid, la cartera siempre empachada por el dinero de sus padres, pagará ya no sé cuántos euros por una copa de garrafón o se comprará un nuevo modelito que lucir ante sus camaradas, mientras, muy cerca de la misma tienda, una gitana de piernas hinchadas y llagadas estira la mano en el suelo, invisible.
“¡Justicia social! ¡Reparto de bienes! ¡Expropiación del capital a los blancos! ¡Matar a los esquiroles!”, era su doctrina. ¿Y cuando él sea un funcionario de mierda, que se gusta decir, y gane su buena pasta, también habrá repartición de bienes en su cabeza?

Juan es el perfecto ejemplo del petimetre actual. De joven es comunista, hasta que su situación social y económica es estable e independiente de sus progenitores. Entonces muta a sociata (otros mutan a peperos. En este caso lo hacen si sus aspiraciones políticas no quedan satisfechas en el PSOE u otro de los partidos que chupan del bote parlamentario/autonómico/municipal). Como Juan no tiene, a priori, aspiraciones políticas, será Socialista, Obrero, que queda muybonito, pero no español, eso no, que queda muy feo... De Gamínedes o Raticulín —pero no español.